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La desnudez ya no le sienta. ¿Por qué se hace esto? Apaga la luz del baño, en la penumbra y a cierta distancia sus líneas parecen firmes. Se seca y empieza a cubrirse, antes de que se filtre el primer rayo de sol por la celosía.
La pastilla de la mañana lo ayuda a despejar el zumbido en su cabeza, el fastidio por las cosas pendientes, el enojo, y disipa el recuerdo de la imagen agobiante de su cuerpo en el espejo, con claros indicios de vejez.
Abre la ventana y respira hondo el aire intenso de la montaña, siente el fresco en su piel y se cree joven.
Esboza los pasos a seguir. Por hoy nada aventurero, decide posponer la adrenalina y empezar con algo simple, bajar a desayunar y luego una caminata. El martes, tirolesa.

Hacer cumbre se ve cada vez más lejos. Aunque llegó un alemán de 70 años y un japonés en sudadera, y un ciego. Entrenando y con paciencia quizás todavía… El próximo verano.
Aún no empezó la temporada, los turistas no han llegado. Paz. La roca, los senderos, ni una sola línea recta; el silencio protector, el cosmos.
Descubre en la saliente la primera oropéndola de la temporada, recién florecida, esperándolo en una grieta apenas visible. Es para él. Sus pistilos tornasolados lo hipnotizan. Contempla un momento los picos nevados contra el cielo azul, se siente fuerte. Apenas alcanza a pensar “estaba flojo”, y su cerebro salpica entre las rocas como un guisado de carne picada con fideos y salsa de tomates. Tomates perita.

HLjorge