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Me persigue un sueño que se repite una y otra vez, y es la visión de un caracol deslizándose por el filo de una navaja de afeitar, silenciosamente.

(Coronel Walter E. Kurtz – Apocalypse now)


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Autor: Kurilonko/Ropex

   Con displicencia arrojó el casco sobre un sillón -Chau viejo, musitó entre dientes- y haciendo parte del mismo movimiento, coge la 9mm.y un bote de pintura spray color plata. Se sienta erguido frente a la mesita de la sala de estar, contemplando con cínico interés el paisaje de luces que se ve en perspectiva a través del ventanal. Habría sido ridículamente fácil agarrar vuelo y saltar. Diez pisos en caída libre y  sería tutti: todo solucionado, a otra cosa mariposa. Nunca más temores ni fantasmas. Nunca más rostros que no son el suyo en cada espejo o cristal de escaparate que refleje su figura. Nunca más voces, ni risas. Nunca más un nunca más. Casi automáticamente, revisa los cargadores del arma: tres; cada uno con nueve proyectiles. El olor que desprende el conjunto le hace dilatar con fruición las aletillas de la nariz: le agrada y estimula, le transporta. Son suficientes -concluye . Con fluído gesto y un chasquido familiar encaja uno, pasa bala y quita el seguro. Juguetea. Apoya el cañón en la sien, luego en la boca saboreando el metal con aún remanentes de usos pretéritos y se dá a la meticulosa tarea de oprimir el disparador hasta el primer descanso: un milímetro más o un estornudo y todo se iría a la mismísima mierda sin arte ni luces de colores, -piensa . Descubre que su pulso, a pesar de lo 45 milígramos de metanfetamina con que se obsequió hace rato, está firmemente estable. Se siente magnífico. Sin dudas, con la película lo suficientemente clara como para decirse ” déjate de huevadas, tu público te espera”, haciendo un leve mohín al teléfono que suena desde hace rato en un rincón y sin detenerse a cerrar la puerta, toma por el pasillo que dá hacia las escalas y la noche.

   Ecos, ecos de voces y música y risas escucha en su trayecto de diez pisos de bajada. Imagina que al interior de cada apartamento hay una constelación de mundos distintos, concomitantes y aún así, incomunicados. ¿ Qué pasaría si en un destello de inspiración derriba una puerta, entra y deja la gran cagada gran? No puede sino esbozar  una sonrisa despojada de alegría imaginando la cara de los que le vieran irrumpir. ¿ Saludaría?

   Ya en el aparcamiento del edificio toma la lata de pintura y con calma, tomándose el tiempo para calcular el encuadre de lo que plasmará con nítidos caracteres, escribe en uno de los muros: ” La ciudad nos vomita, apártense vacas que la vida es corta”. Hecho esto, monta y sale en su corcel -1.100 cc de potencia desmesurada-  a sembrar disparos en modo shuffle por la ciudad, al aire de la noche madrileña: zoológico cultural en el que damos vueltas y más vueltas, como las ruedas del carro del Señor Jagannath destrozando las cabezas de aquellos que van directamente a la cabeza de la procesión.

   La noche, cómplice húmeda y silenciosa de sus más afiebrados gritos interiores le deja hacer.

   Sin pausa ni sentimientos pero con estudiada precisión, los disparos se suceden espaciados, jalonando su camino. Resplandores trémulos de las farolas alejándose sobre el pavimento que retrocede con celeridad bajo las ruedas. Palpitar del corazón, firme y tranquilo. Indiferente. El viento golpea y rasguña con fiereza la humanidad de este jinete de tormentas en su carrera demencial, que se precipita hacia lo que  intuye con fatalidad premonitoria. Olor a napalm  y carne quemada. Humo. Explosiones que iluminan el cielo a sus espaldas con atronador bramido. Interminable rugir de helicópteros que pasan una y otra y otra vez sobre ellos haciendo su trabajo. Es tanto el miedo que ya no  siente miedo, superado el umbral del pánico que petrifica e invalida. Sólo  desea que todo termine rápido, en lo posible sin darse cuenta, abandonadas las esperanzas de que alguna vez y de alguna manera sea posible salir de ese infierno. Gritos de gente a su alrededor muriendo… las vísceras de Estévez colgando en las ramas de un árbol como ropa puesta a secar. Cadáveres y trozos de cadáveres en descomposición… No hay tregua… La picadora de cuerpos trabaja sin descanso en su afán de producción de vidas y sueños destrozados; no puede ni debe haberlo mientras en este mundo palpite una esperanza o hasta que los gritos, aquellos que dia y noche rebotan al interior de su cráneo se callen porque nada debe quedar, nada más que los árboles desnudos de hojas y sus troncos incinerados, negros, cual dedos esqueléticos apuntando hacia un  cielo turbio por el humo y  la desfalleciente luz en diagonal de un sol rojo sangre. Silbidos de balas pasando muy cerca, rebotan a veces en el suelo o una roca o acaban su trayectoria  en los árboles o el cuerpo de algún compañero, esquivándolo a él, precisamente a él  –“This is the end, my only friend, the end; No safety or surprise, the end…I’ll never look into your eyes…again”-  Rostros, innumerables rostros de amigos y enemigos en sucesión. La cabeza de Uriarte desapareciendo ante sus ojos, llevada por el argumento incontrarrestable de la ráfaga de una punto cincuenta emboscada trás la suave pendiente de la colina que han estado tratando de subir ya ni recuerda desde cuando. Explosiones que se superponen, más depojos humanos proyectados, algo golpea su espalda y parece acariciar su cara. Algo tibio y ligeramente húmedo.

   Tinnitus…tinnitus incontenibles… insoportables tinnitus que lo llenan todo aún sus sueños .  -Si alguien apagara la luz-, piensa con desconsuelo, sabiendo que eso no ocurrirá y tendrá que permanecer boca arriba, con la luz fluorescente azotándole sin  tregua las retinas, vaya a saber hasta cuando. Sabía además que gritar es inútil: nadie vendrá. 

   La experiencia, guardada en quizás que sótano de su inconsciente, le había hecho entender que no había nada más que hacer, sólo dejar que el tiempo pasara con su propio ritmo mientras él se abandona a una especie de lasitud infantil, nunca lo suficientemente adormilado por la morfina. Las olas de dolor le alcanzan y le sacuden arrancándole algún extenuado gemido y se recogen enseguida con machacona regularidad. Una playa. La playa es grande, de arenas rojizas y pegajosas con cosas informes flotando como restos de naufragio. También había acantilados por sobre los cuales planean indiferentes aves: cruces pegadas sobre un cielo gris amenazador. Los sonidos se perciben como dentro de un barril metálico. Se esfuerza por separarse de su aporreado envoltorio, tal cual había leído que sucede conforme a las experiencias cercanas a la muerte, para flotar hasta el techo de la habitación y quedarse allí, observando su cuerpo doliente, unido a él por un palpitante cordón opaco semejante al hollín. Pero su cuerpo no está, no se encuentra  donde debiera y ello, en lugar de causarle algún grado de extrañeza, más bien le tranquiliza. Podía escuchar el ruido del mar golpeando las rocas y el olor salino del agua, que como ráfagas acolchadas iba y venía llenando la estancia iluminada cual vitrina de supermercado. Le hubiese gustado  romper el cordón y alejarse por sobre el patio y por sobre los techos y por sobre este puto mundo, dejando atrás todo lo que entre estas paredes y las paredes de su cráneo se encerraba; dejar atrás sus recuerdos, sus miedos y rencores, por ejemplo. Pero no todos sus recuerdos. No podía ni quería dejar atrás la escurridiza imagen de un niño que desde el fondo plano y vegetal de una foto le miraba con sus ojos hermosamente negros bañados de profunda melancolía, parado sobre el verde resplandeciente de un jardín, en la plaza del pueblo donde creyó ser feliz. Se veía hermoso- se dijo-disfrutando a tope la evocación que a tirones le rescató del dejarse ir.
El niño, tal vez de un metro de alto, miraba directamente hacia la cámara -hacia él, hacia aquél quien había sido- con el ceño ligeramente fruncido. Vestía jeans acampanados y sandalias; de su cuello pendía un colgante que le había hecho con unas delgadas tiras de cuero y un cilindro de loza morisca. En su mano derecha sujetaba una botella plástica de color rojo y su mirada…su mirada que desde el pasado irremediable y por siempre perdido, parecía querer preguntarle algo que ciertamente no había respondido y ya no era el tiempo.

   Desde el momento en que cogió la Beretta y revisó los cargadores, sabía que ese movimiento y los consiguientes ya estaban decididos, aún antes que se tomara aquella foto,  hacía tantos años, tantas vidas…

   Años antes que descifrara el código que permitía reprogramar la realidad desde uno de sus ensueños paralelos. Tiempos en los que una noche despertara en medio de un sueño opioso aún  con  fragmentos de la Gran Palabra Perdida, atascada en la punta de los labios. Tiempo ha parecido pasar, mas, la simultaneidad imperturbable sigue allí mismo, monolítica, inmemorial: acero, piedra, fuego y nuestros verdaderos nosotros, con toda la retahíla de posibilidades, carencias y afectos fallidos  esperándonos sonrientes al final del camino -o a nuestro lado- asuzándonos, consolándonos, según se vea. Golems descartables en su insultante perfección, productos vacuos de la mente de algún semidios ufano en su embriaguez creadora. La última noche que estaré conmigo será una gran noche, plena de estrellas, tarareó apagada y dulcemente.

   Reflexionó, sin querer escuchar el rumor acezante de sus pensamientos, en continuo y solapado forcejeo por hacerese un espacio en su mente, aplastados por la urgencia del devenir inevitable  porque,  de qué lado del espejo se encontraba la realidad – su realidad- o lo que hemos convenido que es  ¿Soy yo realmente quien voy aquí, moviéndome nimbado por la atrocidad de lo irreparable, entre  aullidos y el tufo repugnante de mis bestias infernales? ¿ O los que me esperan sonrientes al final del camino me ven venir precipitándome hacia su círculo, y por ese acto me dan corporeidad en este Universo…?  Nada realmente importa, en último caso. Unos pocos latidos del corazón -en los pocos que quedan- lo sabremos. 4700 r.p.m. La motocicleta pegó un salto cuando dió todo el acelerador y éstas alcanzaron las 5100. Se situó sobre la línea blanca que demarca la ancha avenida en 3 pistas y enfiló, con una especie de gratitud en el corazón -o el lugar donde se alojen esos sentimientos- su monstruo rugiente hacia los vehículos policiales que le aguardan cerrando las salidas, clausurando las posibilidades. No siente interés  en hacer el intento de esquivar los láser rojos que buscan y encuentran su cuerpo. No le intimidan ni pueden disuadirlo. Está más allá de todo eso, es lo que ha buscado, por lo demás. Lo ha conseguido y por una de las pocas, si no la única vez en su vida, siente que ha ganado. Se descorrerán las cortinas que ocultan esta realidad movediza y podrá encaramarse a otro escenario. Otra representación, otro público. O tal vez nada ni nadie. No importa para maldita sea la cosa, en definitiva. ¡Al carajo! Oscuridad, cemento, titulares de la prensa durante unos dias y luego olvido. Bello y anhelado olvido.

   Imágenes, sonidos, sombras, voces, recuerdos que se van amontonando de manera precipitada. El rostro de su padre en aquella cama de hospital mientras le rasuraba y conversaban sobre lo que intuían era el fin de sus historias en común; sus hijos que apenas había conocido y que sin embargo había amado con todas las fuerzas que su espíritu marchito por los aconteceres, arrinconado y tironeado por un destino en el que nunca creyó le permitía. No recordaba cómo era amar,  tampoco cómo era o cómo se sentía  odiar. Se vió a sí mismo reflejado en las pupilas de Ester, mirándolo cómplice en esas tardes de bohemia con sus compañeros del Pascal en el Bar de Emilio y concluyó que sí, que había sido uno de los pocos momentos atesorables y dignos de contemplar por última vez y que había valido la pena.

   Olvido, para siempre jamás y por los siglos y milenios de los milenios, olvido.

   Damn!-masculló-, disparando a 190 kilómetros por hora la motocicleta  directamente  al centro de una de las patrulleras atravesadas en su camino, sintiendo nítidos  el sabor de sus  mocos y lágrimas al fondo del paladar.

©  La Consulta de Kurilonko/Ropex 2015.

 LA CONSULTA DE KURILONKO