El muerto en su frío rincón decorado hasta la dentadura, seguramente nunca vistió tan elegante en vida, ni recibió tantos honores.

Zenaida Wheels

Mi tía Soledad era rezadora y aunque no recibía un centavo a cambio de sus Ave María, ella se lo tomaba como una profesión, decía que con cada oración hacía puntos para conseguir su propio lugar en el cielo. Aseguraba que las personas al morir están más solas que nunca, por eso a ella le gustaba acompañar a las almas y con sus rezos darles un empujoncito fuera del purgatorio. No sabía leer ni escribir, pero conocía el catecismo de memoria y se ponía muy brava conmigo para que también lo aprendiera, aunque los versos y las letanías me atolondraban.

La gente del pueblo venía hasta nuestro rancho a pedirle que diera los rosarios en honor a sus difuntos. Con la tristeza y el calor a cuestas, los familiares de los muertos llegaban hasta nuestra casa preguntando por la Chole, así la conocían todos. Ella salía de la cocina quitándose…

Ver la entrada original 1.566 palabras más