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[«Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, proclamó Wittgenstein.
¿Puede el cambio de lenguaje prefigurar un cambio de cultura y del mundo en que vivimos? Hace unos meses, los límites de la conciencia ambiental (por ejemplo) se ensancharon cuando las cabeceras de todo el mundo empezaron a alertar de una “emergencia climática”. Daban eco a la iniciativa ambiental de sustituir la noción de “cambio climático” haciendo justicia a la gravedad del momento, y alterando así el paradigma moral desde el que abordarlo. (…)

(Hay un) poder revolucionario (en) las palabras para transformar el significado que damos a las cosas, y con él nuestras ideas o forma de pensar. Un poder político. (…)

En muchas cuestiones la lengua va por detrás, retrasando nuestras ideas, y cuanto más tardemos en ponerlas al día más arriesgaremos la democracia y la convivencia. (…) Es obligación de los políticos anticiparse. (…)

El valor del lenguaje como catalizador de nuestros pensamientos, emociones y acciones hace necesaria su precisión más que nunca en cualquier información o política que se precie. Porque en un contexto de sobreinformación y ruido mediático, entre intereses encontrados y fake news, al poner énfasis en los aspectos de la realidad más relevantes, la lengua enfoca y dirige nuestra atención como un faro, con criterio.

La extinción de algunas palabras señala la extinción del mundo que nombraban, pero que es susceptible de volver en tanto lo dotemos de significado con palabras que le den lugar en nuestra cultura. (…)
La volatilidad y viralidad digital del lenguaje hoy en día nos ha llevado a una economía perniciosa basada en etiquetas y no en argumentos: palabras como liberal, facha, nazi, progre, totalitario, izquierda o derecha, a veces parecen haber quedado obsoletas y perdido su eficacia explícita para llenarse de fantasmas históricos usados como ladrillos o armas arrojadizas. Están tan abiertas a interpretación que depende de a quién preguntes toman un cariz u otro. (…)
El lenguaje acaba por convertirse en un ring de boxeo, y las palabras en sus guantes. El debate, reducido a una disputa de ciegos o de extremos, usa las palabras como trampas en vez de como puentes, quedando condenado antes de empezar por culpa de un idioma corto de tolerancia. (…)]

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